El proceso de Independencia Argentina se fue consolidando a través de enfrentamientos y batallas que continuaron durante años después de la declaración formal, y que fueron dando forma, de manera gradual, al nacimiento de un nuevo país soberano.
La conmemoración de los 210 años se nos presenta como un buen momento para reflexionar no solo sobre el acto fundacional de la firma, sino sobre todo el conjunto de luchas que hicieron posible la existencia de la Argentina como nación independiente.
En conversación con LU5, Gabriela Sica, Doctora en Historia por la Universidad de Sevilla y Máster en Historia Latinoamericana, explicó que la declaración de independencia se produjo en un contexto «muy desfavorable»: el único foco revolucionario que quedaba en Sudamérica era el Río de la Plata.

La derrota de Napoleón en Europa había permitido el regreso de Fernando VII al trono español, quien no solo descartó cualquier forma de autonomía para las colonias americanas, sino que envió un ejército regular de 10.000 hombres, veteranos de las guerras napoleónicas, para sofocar los últimos reductos rebeldes.
La investigadora señaló que hasta la vuelta de Fernando VII existían dentro del campo revolucionario dos corrientes diferenciadas: una que propugnaba la independencia directa y otra más autonomista, que aspiraba a un gobierno propio pero dentro de la órbita española, similar a lo que sería luego la Commonwealth británica. «Obviamente que para los autonomistas el proyecto se termina porque Fernando VII vuelve», y precisó que el monarca impuso la lógica de la Santa Alianza: «Nada de soberanía popular, nada de autonomía, volvemos al régimen anterior a la Revolución Francesa».
Tucumán
La elección de Tucumán como sede del Congreso, según explicó la historiadora, se da por la necesidad de descomprimir las tensiones con Buenos Aires. «Ya había bastante descontento con Buenos Aires, entonces una manera de tratar de que todos participaran fue ponerse en un lugar fuera de Buenos Aires», dijo.
Aclaró además que en aquella época Tucumán era geográficamente central para el territorio del Virreinato, cuyos límites meridionales no superaban el sur de Córdoba. Sin embargo, las provincias del litoral y el Uruguay, encabezadas por Artigas y la Liga de los Pueblos Libres, no enviaron diputados al Congreso. Sí lo hicieron algunas provincias del Alto Perú, que dependían administrativamente del gobierno del Río de la Plata.
Mujeres al frente
El papel de las mujeres en el proceso más allá de casos como el de Juana Azurduy, combatiente en el Alto Perú, Sica puso el acento en las miles de mujeres anónimas que acompañaban a los ejércitos: cocinaban, curaban heridos, cosían. «Ese papel que no está resaltado es sumamente importante», subrayó.
Respecto de la participación indígena, Sica advirtió contra las lecturas simplificadoras. Señaló que las motivaciones de cada persona para incorporarse a uno u otro bando eran «muy variadas, muy ambiguas y en muchos casos muy humanas»: las había ideológicas, familiares y económicas.
En el Alto Perú, donde la población indígena era mayoritaria, hubo participación tanto del lado revolucionario como del realista. Además, citó como dato revelador que el proyecto de independencia fue traducido al quechua y al aymara para ser distribuido, especialmente en el Alto Perú, y que el congresista Grano propuso —con el apoyo de San Martín y Güemes— crear una monarquía constitucional con un Inca a la cabeza.
Conceptos
Sobre el significado de la libertad en el presente la investigadora consideró que el momento actual es «complejo» y que las palabras que antes tenían «un sentido bastante claro» han variado de significado.
«Parecen que las libertades solamente es la libertad económica», y contrapuso esa lectura a la que, en su opinión, prevaleció en otra época: «La libertad tenía un sentido muy amplio y muy caro a mucha gente».
Añadió que los conceptos de soberanía e independencia no implican aislamiento —«no dependencia de otros países no significa no comerciar, no tener relaciones, no participar en un mundo que es global»—, pero sí reclamó que se cuiden «las fuentes de trabajo, la producción y la gente» en un país que definió como «absolutamente diverso en sus regiones y su cultura», una diversidad que, a su juicio, debería entenderse como riqueza y no como obstáculo.
